ASÍ NACE EL PROYECTO “CORPORACIÓN COLOMBIA SIN HAMBRE”
Percibiendo las necesidades económicas y alimentarias de los campesinos de la región y del país, nació el proyecto en el año 1991, con la explotación comunitaria de 10 de has. de plátano; a partir del año 1995 se le entregaron 2.500 metros2 a cada trabajador de la finca Pasto Revuelto, esta entrega la hicieron los administradores de fincas, Tarquino Morales y Félix Julio en el corregimiento de Villanueva, municipio de Valencia, en el departamento de Córdoba y en estas parcelas se sembraban pocos productos.
Posteriormente en junio de 2000 se dio un segundo proceso, iniciando como tal el proyecto Villanueva, con 38 campesinos, a los cuales se les hizo entrega a cada uno de 2,500 metros cuadrados, en un predio también denominado Pasto Revuelto. Esta vez, las parcelas fueron entregadas por el señor Rogelio Zapata. En esta ocasión se brinda acompañamiento, asistencia técnica, capacitación en agricultura orgánica, fortalecimiento y organización comunitaria y se empezaron a sembrar productos necesarios para la alimentación de la familia de cada parcelero.
En la actualidad están cultivadas las 38 parcelas con los productos: yuca, plátano, maíz, fríjol, ñame, ahuyama, berenjena, ají, pepino, patilla, caña, papaya, maracuyá, entre otros; estos productos son para satisfacer la Soberanía alimentaria de estas familias y los excedentes son comercializados en la misma región para complementar otras necesidades básicas.
Cabe anotar que estos campesinos pineros en nuestro programa, aun sigue trabajando en sus parcelas.
Más de tres mil familias han sido beneficiadas con el programa en diferentes regiones del país, de acuerdo a la información que se suministra en documento adjunto. Como puede apreciarse en ese mismo documento, en el 74% de las parcelas se ha implementado el programa y el 26% restante está disponible para ser ocupadas por otras familias. Todos los beneficiarios son capacitados en prácticas agroecológicas al iniciar el proyecto y algunos líderes son capacitados como promotores agroecológicos en la Escuela para hacer el acompañamiento del proyecto.
Cada familia beneficiaria recibe en comodato un área de 2.500 metros cuadrados, denominada parcela o unidad productiva familiar, donde establecen los grupos de cultivos según la planificación de siembra diseñada, que garantiza un sistema productivo agro-diverso estable ecológicamente y una alimentación balanceada que satisface las necesidades nutricionales.
Las parcelas son unidades agrodiversas, con más de 10 productos en asociación, rotación, y cultivos intercalados donde se practica la agroecología.
Tiene una zona para elaborar los abonos, lixiviados y lombricultivos.
Posee un área para semilleros, hortalizas, plantas medicinales y aromáticas.
Se implementan tecnologías apropiadas.
Se hace valoración y recuperación de semillas criollas.
Labores colectivas por medio de grupos.
Se realizan prácticas de conservación de suelos.
Se mantiene una producción escalonada para mantener constantemente productos destinados al consumo.
Son el proyecto de vida de muchos beneficiarios
De esta manera nació la Corporación Colombia Sin Hambre, y actualmente son beneficiarias del programa más de 3.000 familias campesinas a nivel nacional y se complementa con el programa Agua Para La Vida, vital para el desarrollo de las comunidades que carecen de ella.
La Corporación Colombia Sin Hambre cuenta con un excelente grupo de profesionales del agro, a cargo de la Escuela de Formación Colombia Sin Hambre, teniendo como objetivo la formación de líderes campesinos para la difusión de su misión y garantizar su sostenibilidad en el tiempo.
“ESTUDIANDO CÓMO USA LA TIERRA UNA SOCIEDAD, SE PUEDEN SACAR CONCLUSIONES BASTANTE APROXIMADAS DE CÓMO SERA EL FUTURO DE ESA SOCIEDAD”
“Lo pequeño es hermoso” (E. F. Schumacher)
Estamos caminando hacia un nuevo paradigma de pensamiento que está incidiendo en todas las áreas del saber y que tiene que ver con los revolucionarios planteamientos de la física cuántica.
Hoy, cuando se habla de una nueva medicina, un nuevo modelo de educación, de un nuevo modelo de organización, de una nueva manera de mirar la psicología, se hace necesario mirar una nueva economía. Se está pasando del concepto cartesiano que percibe el universo como una máquina compuesta de partes, a la visión de un organismo totalmente integrado y en donde todo está en interrelación.
Como lo plantea Capra, los economistas tienden a olvidar que su ciencia no es más que un aspecto de toda una estructura ecológica y social, un sistema viviente formado de seres humanos que se relacionan continuamente entre sí y con los recursos naturales, que a su vez son también organismos vivientes. (Fritjof Capra. El Punto crucial. 213). Dentro de este contexto queremos caminar para lograr una Colombia sin hambre.
En el pensamiento de la economía tradicional, el hombre no se sentía parte de la naturaleza, sino que la sentía como una fuerza externa que había que dominar y conquistar. La tecnología era el instrumento para este dominio y el hombre era sólo un observador externo de unas leyes económicas que funcionaban como el mecanismo de un reloj que se podía controlar desde afuera. El lenguaje mismo acompañaba este sistema de creencias y por eso los verbos que rimaban con esta mirada de las cosas eran: explotar, acumular, retener, expandir y crecer. El objetivo era el “crecimiento” ilimitado y la única mirada era hacia la rentabilidad (no hacia la sabiduría). Aquí nada importaba la naturaleza, la ecología y mucho menos el hombre. La codicia y el poder eran los motores del que llamaron desarrollo económico, pero no se pensaba en los costos que esto implicaba. Ahora, la nueva mirada de la economía, tiene que ver con una frase de Gandhi: “Es más probable que la tierra proporcione lo suficiente para satisfacer las necesidades de cada hombre, pero no la codicia de un solo hombre”. Si antes, la economía buscaba crear necesidades para aumentar la demanda, la expansión y el crecimiento ilimitado, hoy el desarrollo a escala humana nos está invitando a caminar por otros senderos. Una economía orientada hacia el servicio y proyectada a la comunidad se preocupa precisamente por la satisfacción de las necesidades básicas y avanzar en este sentido con propuestas que mitiguen el hambre responde a esta nueva orientación.
Como lo plantea E.F.Schumacher: “éste es el camino de la libertad y de la paz”. Sólo reduciendo las necesidades puede uno lograr una reducción genuina de las tensiones, que son la causa última de la contienda y de la guerra. Es el pecado de la codicia el que nos ha arrojado en las poderosas garras de la máquina. Podríamos, por lo menos, dejar de aplaudir el tipo de progreso económico que adolece de bases para la permanencia y a la vez dar nuestro apoyo, por modesto que sea, a quienes no teniendo temor de ser tildados de excéntricos, trabajan por la no violencia, como ecólogos, protectores de la vida salvaje, promotores de la agricultura orgánica, productores caseros etc. Un gramo de práctica es más valioso que una tonelada de teoría. (Lo pequeño es hermoso. Ed Orbis págs. 34-37-39)
Lograr una Colombia sin hambre, se coloca en el camino que plantea más adelante el citado autor: “El punto de vista budista considera la función del trabajo por lo menos en tres aspectos: dar al hombre una posibilidad de utilizar y desarrollar sus facultades, ayudarle a liberarse de su egocentrismo uniéndolo a otras personas en su tarea común y producir los bienes y servicios necesarios para la vida”. pág 57
La visión de lo que se pretende, está también enmarcada en los planteamientos de Max Neeff quien propone una comprensión de la estructura y dinámica de aquellos aspectos de las actividades sociales que denominamos “sistema económico” desde la perspectiva de la atención de las necesidades humanas básicas, incluidas dentro del marco social y ecológico. A diferencia de la teoría económica convencional, aquí están presentes el marco ecológico, la estructura institucional, la existencia de grupos sociales y su interconexión en lo económico y político; así como la urdimbre cultural que da sentido desde un imaginario social radical, la totalidad sistémica en que se inscriben las relaciones de los seres humanos y la de estos con la naturaleza y con la historia. Pero también necesitamos crear un discurso positivo que pueda fundar alternativas reales y convertirse en fuentes de propuestas y experiencias cargadas de esperanzas. De esperanzas y no de ilusiones. Enraizadas en lo que Cornelius Castoriadis destaca como “la capacidad que tienen los colectivos humanos de hacer surgir formas, esquemas nuevos que más que organizadores son creadores de mundos. (Desarrollo a escala humana - Una opción para el futuro- Cepaur Pág. 8).
Tratar de obtener una Colombia sin hambre no es un simple proyecto aislado sino que se inscribe “En una perspectiva que permita abrir nuevas líneas de acción, un Desarrollo a escala humana. Tal desarrollo se concentra y se sustenta en la satisfacción de las necesidades humanas fundamentales, en la generación de niveles crecientes de autodependencia y en la articulación orgánica de los seres humanos con la naturaleza, y la tecnología de los procesos globales con los comportamientos locales, de lo personal con lo social, de la planificación con la autonomía y de la Sociedad Civil con el Estado.” Idem. pág. 20
Quiere ser una concreción de los pilares que plantea el Desarrollo mencionado: “Necesidades humanas, autodependencia y articulaciones orgánicas. Pero para esto, debe apoyarse en una base sólida. Esa base se construye a partir del protagonismo real de las personas, como consecuencia de privilegiar tanto la diversidad como la autonomía de espacios en lo que el protagonismo es posible. Lograr la transformación de la persona - objeto en persona - sujeto del desarrollo”. Este desarrollo a escala humana dice más delante el documento apunta hacia una necesaria profundización democrática. Al facilitar una práctica democrática más directa y participativa puede contribuir a revertir el rol tradicionalmente semiparternalista del Estado latinoamericano en rol de estimulador de soluciones creativas, que emanen desde abajo hacia arriba y resulten por lo tanto más congruentes con las aspiraciones de las personas. Ídem pág 20
Con una Colombia sin hambre, además y esto es lo más importante, se busca que las personas tomen conciencia de no ser simplemente propietarios de la tierra y se consideren “Administradores” de la riqueza. Que pasen del concepto de “terrateniente” al de “tierra administrante”. Que se pase de la codicia del tener a la dimensión del compartir y del simple prurito de la rentabilidad a la dimensión humana y de proyección a la comunidad. Su filosofía parte de una economía solidaria en donde la expansión ilimitada, la acumulación y retención, se cambien por la misión de un trabajo por la paz, que surja de facilitar la satisfacción de las necesidades básicas que son la prioridad inicial en la escala de Maslow. Este es el camino a la convivencia.
Se busca que cada persona entienda que cuando aprenda a compartir, recibirá a borbollones. No importa lo que esté dispuesto a poner al servicio de la comunidad, sino del espíritu que lo mueva: Cuando damos más de lo que podemos, recibimos más de lo que necesitamos.
Es importante anotar la prioridad de acompañar el modelo que se pretende de una Colombia sin hambre con un trabajo educativo, pues nada se logra si no se interviene en el sistema de creencias de la personas, pues la abundancia está en la mente. Por eso se propone como parte fundamental para sacar adelante esta iniciativa, un proceso de motivación en los usuarios para que descubran que el secreto no está en la tierra que reciben, sino en el cambio de la manera de pensar. Igual para los participantes de la iniciativa, para que comprendan que la economía está para servir a las personas y no las personas para servir a la economía.
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